Ilustración: Abel Herrera

Queridos Reyes Magos de Oriente,

Espero que al recibo de la presente os encontréis bien, porque de vuestra salud depende mucho nuestro equilibrio neuronal, últimamente algo destartalado. Pero, antes que nada, permitid que os felicite, pues al parecer desde hace unos meses contáis con un nuevo miembro en la familia de Oriente, lo que asegurará vuestra financiación futura.

Como sabéis, soy un niño que cuenta ya con unos cuantos añitos, pero que conserva la ilusión e impertinencia de siempre. Este año vuelvo a insistir en lo que les pedí el año pasado, ya que no me hicisteis mucho caso, pero en otra clave. En esa línea, sabéis que mi infancia discurrió en un lugar rural apartado, una especie de portal de Belén pero menos romántico. Mi tarea de niño consistía en ir a la escuela, para lo que tenía que caminar casi dos horas, y por la tarde ayudar a cuestiones domésticas y a la huerta. Ya por la noche, reconfortado por el mugir de cuatro vacas que nos acompañaban e iluminado por una vela de cera, preparaba las tareas escolares para el día siguiente. Entre los trabajos caseros tenía encomendado el de reponer el agua del depósito de la azotea, que se utilizaba para la cocina y, previamente hervida, para beber. Para ello, tenía que ir a la finca de enfrente, que contaba con la suerte de surtirse del agua directa de una galería con canal tapado. Cada viaje me llevaba una media hora, tiempo en el que portaba dos cubos colgados de un palo sobre los hombros a la manera vietnamita; al llegar a casa los vaciaba y vuelta a empezar. El agua para el retrete, baño y usos menores, la tenía que sacar de un aljibe que se llenaba con el agua de lluvia, completada con la de riego de la platanera si la anterior resultaba insuficiente. La usada en los menesteres menos escatológicos se reutilizaba para regar geranios, hierbas aromáticas o de infusión, sembradas en latas de aceite La Giralda; también para regar la jardinera que presidía nuestra cuadra-residencia.

A medida que fui creciendo, también fueron creciendo mis tareas, surgieron las del riego de la platanera, quitar flor, etc., mientras mis padres se ocupaban de las labores más duras. Para mí no era un trabajo fácil, pues se regaba a manta ‘jalando por el sacho’, como decían. En mi época de estudios fuera de casa, esa ocupación me tocaba en suerte todas las vacaciones, ya que los recursos familiares eran limitados. Cada tres o cuatro riegos de platanera también me encargaba de ir vertiendo en el chorro que discurría por la tajea la dosis correspondiente de agua negra regenerada en la fosa séptica, o los orines de las vacas convenientemente fermentados; y así, verano tras verano y vacación tras vacación. Luego vinieron los adelantos del riego por el sistema de atarjeas, aspersión o el goteo importado desde los desiertos de Israel, pero de esa etapa y automatismo posterior me beneficié poco.

En fin, señores Magos, en cuanto al mundo del agua, a estas alturas de mi vida soy incapaz de valorar de cuál de mis facetas vitales he aprendido más, si de la de los libros o de la experiencia e ingenios con los que he tropezado por necesidad. Indudablemente, las islas han sido un laboratorio privilegiado para experimentar en este campo: extracciones en galería, manantiales, sistemas de transporte por gravedad, atarjeas, riego por inundación a través de curvas de nivel, gavias y nateros, etc. Nuestro privilegiado nodo de aculturación entre continentes ha hecho suyas muchas aportaciones externas: patameros, aljibes árabes, fosa séptica y retretes franceses, etc., además de ingeniosos métodos tradicionales de desinfección y regeneración natural de las aguas residuales con nulo consumo energético. Un empírico laboratorio insular que imprime orgullo.

Pues en ese desarrollo sostenible, o economía circular, como Vuestras Majestades prefieran, estábamos cuando a nuestros electos representantes se les ocurrió hace ya algunas décadas redactar una ley para regular y racionalizar el ciclo de ese bien tan preciado que tanto conocíamos y dominábamos; y la llamaron Ley de Aguas. Ley que aprobaron ‘de aquella manera’, a base de paraguazos y, ya se sabe, cuando el lobby actúa y desciende a esos contundentes niveles de convicción puede pasar lo que sea. Cuentan las crónicas que un otrora defensor de ‘lo público’ se cayó del caballo, no se sabe si por algún paraguazo o por iluminación divina, y acabó defendiendo a capa y espada ‘lo privado’. Y así, como les venía diciendo, pasó lo que tenía que pasar: nuestros electos representantes decidieron, por ley, que para poner en orden todo lo relacionado con el agua, nada mejor que hacerlo a través de consejos de sabios que dominaran ese negocio; y los llamaron Consejos Insulares de Aguas. Para ser coherentes con su criterio, también se les ocurrió que lo mejor sería que los Consejos estuvieran formados mayoritariamente por los que históricamente venían controlando el negocio del agua: empresas de gestión de servicios de aguas, concesionarios de aprovechamientos, organizaciones agrarias, empresariales, etc. Y así lo hicieron, por lo que nuestros electos representantes quedaron en segundo plano al decidir, por ley, perder todo poder decisorio al permanecer en minoría en las Juntas Generales de los Consejos: de un total de 50 miembros, se reservaron 24; los 26 puestos decisorios restantes se los entregaron a las empresas, concesionarios de aguas, etc., que son los que actualmente deciden las políticas del agua en Canarias. Majestades, aunque sea difícil de creer, esto es realidad histórica.

También decidieron, por ley, que para cada isla había que hacer una norma de aguas que obligara a todos, y la llamaron Plan Hidrológico Insular. Norma que se encargaría de redactar, por supuesto, el Consejo Insular de Aguas de cada isla con los criterios que les marcara su Junta General, Junta formada en su mayoría por las empresas, etc. etc. etc. relacionadas con el negocio del agua, tal y como les he relatado más arriba. Pero resulta que esos Planes Hidrológicos Insulares obligan a todos, incluso a los ayuntamientos; y también resulta que esos ayuntamientos, que tienen legalmente la competencia del suministro de agua de abasto a sus vecinos, además de su depuración y la obligación de repercutirles los costos a través del recibo del agua, tienen que hacerlo de la forma que le indiquen los Consejos Insulares de Aguas. Es decir…

Perdonen, queridos Magos, pero ya estoy un poco jareado con este galimatías, mejor se los explico de otra manera, ilustrándoles con un ejemplo: resulta que en un lugar de la isla, que se puede hacer extensivo al resto, el Consejo Insular de Aguas prohíbe —o ‘desaconseja’— a los ayuntamientos que depuren sus aguas residuales —de su propiedad— con sistemas naturales de nulo consumo energético. Como por otro lado recomienda la Unión Europea, por economía, empleo local, motivos medioambientales, etc.; y también porque según establece lo que llaman Directiva Marco del Agua se deben elegir para estas tareas los métodos de menor consumo energético posible. Por otro lado, como ya les indiqué el año pasado, los alcaldes de esta zona quieren dar un segundo uso al agua regenerada —de su propiedad— para regar jardines, aseo urbano, obras, etc. Pero desde el Consejo Insular de Aguas les obligan —o ‘aconsejan’— a que no solo le regalen el agua —de su propiedad— sino que se la trasladen, bombeándola, a través de una decena de kilómetros de tuberías contaminantes hasta una altura de más de 180 metros. Su objetivo es depurarla con sistemas industriales de enorme consumo energético para incluirla en el mercado del agua; es decir, para, entre otras, tener la posibilidad de volver a vendérsela a los ayuntamientos —por segunda vez— para que puedan regar jardines, aseo urbano, obras, etc., costo que repercutirá en partida doble o triple sobre sus vecinos. Y hasta tal punto lo’‘aconsejan’ que, si los ayuntamientos no acceden, prefieren tirarla al mar sin depurar a través de un emisario.

Pero, pensándolo bien, en algo me he debido de equivocar, porque las instituciones que lideran la defensa del modelo tan ‘sostenible’’descrito son las áreas de gobierno que luchan en las islas contra el cambio climático: la Consejería Insular del Área de Desarrollo Sostenible y Lucha contra el Cambio Climático del Cabildo Insular de Tenerife, y la Consejería de Transición Ecológica, Lucha contra el Cambio Climático y Planificación Territorial del Gobierno de Canarias. Y digo yo que si tan cualificadas autoridades, al frente de áreas con tan trascendentales títulos, defienden el modelo con tanto ahínco y convicción, seguramente deberán tener razón. No en vano, mantiene la Consejería Insular del Área de Desarrollo Sostenible, etc., etc., etc., del Cabildo de Tenerife que el enorme consumo energético que tiene el Consejo Insular de Aguas— el cliente de mayor consumo de la isla— no es un problema, pues a partir del 1 de enero de 2020 ha dejado de consumir energía fósil para hacerlo con energía cien por cien limpia, con huella de carbono cero. Vaya despiste el mío, a estas alturas todavía pensaba que en Tenerife se seguía consumiendo —en más de un 70 %— la energía que nos llega en petroleros desde Oriente Medio. Todos estos buenos propósitos, según dicen, tienen como objetivo garantizar el riego de una planta que consume entre 200 y 300 litros de agua por kilo de fruta producido, cultivo que tratan de reconvertir desde hace más de una cuarentena de años. Pero esa es otra historia que os contaré en cuanto tenga ocasión, ya que tampoco tiene desperdicio.

Señores Magos, desde mi niñez, en la que me veía obligado a cargar cubos de agua ayudado del ingenioso artilugio vietnamita, hasta la actualidad, han cambiado tanto las cosas relacionadas con el agua que estoy obnubilado; ahora hasta cotiza en bolsa. Tal es mi desazón al respecto que por las noches tengo sueños —tirando a pesadillas— en la que observo una especie de juego a dos bandas. Una especie de Monopoly entre 24 defensores de la ciudadanía, según creo entenderles, y 26 defensores de otro tipo de negocios raros. Se reparten cromos entre los componentes de uno y otro bando; entre risas y disputas luchan por intercambiar y obtener los mejores réditos. Al final del sueño nunca logro descubrir el resultado de todo este embrollo, solo he logrado percibir, con cierta claridad, una especie de palabra cuasi inentendible que me gustaría que Vuestras Majestades me ayudaran a descifrar. No logro quitarme el dichoso palabro de encima, noche tras noche lo airean y repiten entre risas y vuelo de cromos de colorines en medio del juego. Me parece percibir algo así como greenwashing…, greenwashing…, greenwashing…

Esperando vuestra ayuda se despide de sus Majestades,

Abel Herrera

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