Solo de trompeta

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Hay muchos adioses a lo largo de la vida. O quizá, la vida es un continuo y perpetuo adiós. Duelen, a veces, esas despedidas, como pedradas o como puñaladas alevosas. Otras veces, sorprenden por lo repentino. Escribo estas líneas entre la estupefacción y la pena. Y espero simplemente poder rendir un sentido homenaje a un artista que sintió, vivió y luchó para ser músico. Ansiaba contarnos la vida con música, explicarnos los sentimientos con las melodías que componía o interpretaba. Los pueblos se construyen con piedra y asfalto, pero los pueblos se desarrollan con el arte y el pensamiento. Los artistas, ya sean plásticos, literarios o músicos son el alma de los pueblos, de su sentir y de su proyección.

Manuel Ángel Lorenzo Alegría llevaba dentro ese genio que lo hacía ver el mundo en sonidos. La Isla Baja es un lugar para soñar y él la soñó con su trompeta. En las calles adoquinadas vio el pueblo a través de la fusión de los compases latinos, del jazz y del rock. La fuerza los ritmos de la tradición y la modernidad se unían en sus composiciones.

Mangue soñaba siempre con la música. Vivía las melodías y dejaba el aire lleno de notas alegres.

Su saludo sonriente, sus conversaciones, sus proyectos siempre rondándolo, como a todo creador.

Cuando un artista se va se lleva muchas cosas con él, pero también deja innumerables melodías compartidas en el tiempo y en el aire.

Un solo de trompeta se enreda en los laureles de la plaza y el aire parece entristecerse. Pero la música nació para acariciarnos, para hablarnos, para hacernos caminar por el interior de las estrellas… y su último solo nos hablará para siempre de ese mundo soñado.

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