La cueva de Eufrasio

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Hay parajes olvidados. Hay lugares que se esconden para no ser vistos. Hay lugares que descuidamos.

Eufrasio era un viejo alocado, como el viento y los matorrales; como los niños, los arlequines, los duendes y los seres alados de los cuentos.

El viejo vivía solo en la cueva. No tenía familia. Nadie sabe de dónde había venido. En su soledad desordenada soñaba palabras alunadas y por la noches las hilvanaba en frases; luego balbuceaba historias que contaba a los caminantes. La gente decía que eran productos de una mente enferma.

Los niños reían y le tenían, al mismo tiempo, miedo. Pasaban por la cueva, le tiraban piedras para él saliera y luego se sentaban su lado a escuchar alelados. Pasaban las horas buscando palabras.

Él no necesitaba muchas cosas para vivir. Se sentía acompañado de las estrellas y los astros. El sol lo bañaba de calor y  la brisa peinaba sus cabellos enredados. Comía frutas silvestres y lo que le regalaban.

La cueva era una ventana para asomarse a soñar.

El Roque a los lejos. El mar bordeando las costas del norte de la isla.

Las plataneras, las calas de callaos y espumas.

Las montañas del Monte de Agua: verdes e inmensas de belleza.

La cueva de Eufrasio es un secreto por el que se ven paisajes de ensueño.

Aunque hoy algunos dejen basuras olvidadas, aunque nadie recuerde al viejo solitario, aunque sea pasto de pisadas insensibles es un lugar para soñar.

Traspasamos su puerta de aire y se abre como con cofre de mágicos cuentos.

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