La playa de las Mujeres

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Cuando uno se aleja de la playa de las Arensa hacia la zona del Fraile parece que entra en las páginas de un libro de leyendas y que la aventura saldrá a sorprenderle en cualquier recodo del camino. Estrechas carreteras bordean fincas, las araucarias, los laureles y los inverosímiles cactus se asoman a vigilarnos por los muros de piedra y cantos.
La playa de las Mujeres aparece como una sorpresa guardada con esmero. Se abre a nosotros el mar con su bravura. Las olas peinan las rocas dejando los hilos de espuma blanca enredados en la negrura de su piel. El atardecer pinta la escenografía con colores impensados, envidiados en los lienzos de los pintores fauvistas. La mar espera, escondida tras los cultivos. La mar murmura, vigilada por los despeinados tarajales. La playa es agreste con sus arenas negras y callaos, con las rocas que surgen del agua como si jugaran con la naturaleza a esconderse y emerger.
Solo la sombra descomunal de la montaña nos hace sentir un escalofrío ante la inmensidad de la belleza de lo intacto, de lo natural. Mujeres libres tuvieron que bautizar estos parajes de olas imparables y rocas rebeldes.
La playa nos espera, las olas nos seducen, la espuma en debate perpetuo con la roca nos habla de las fantásticas leyendas que los amantes del mar y de las quimeras escribieron en sus callaos.
Quizá veamos salir de la aguas la grupa verdosa de San Borondón. Quizá, al atardecer, oigamos cantar a los niños de agua, que viven felices en esa isla imaginaria.
Quizá ya no quedan sitios para la imaginación y es solo allí, en la mar olvidada donde podamos aún soñar, ser nosotros mismos, gritar con libertad. Quizá no nos damos cuenta de tantas ataduras, de tantas burocracias inútiles, de tantas oficinas inservibles… Normas, normas, normas… ¿Dónde quedan las ilusiones?
La isla de San Borondón nos espera. Pero en esa isla solo pueden vivir los soñadores.

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