'Punta de Buenavista', Abel Herrera

Dicen que los recuerdos de infancia marcan para toda la vida; yo guardo algunos sobre mis primeras experiencias en comunidad que creo han contribuido a conformar mi devenir ciudadano.

Las primeras grabaciones en mi memoria se ubican en una especie de Sevilla insular, bordeada por un barranco con una Triana al otro lado. Luego me enteré que el lugar de mi nacimiento y primeras experiencias vitales —Buenavista del Norte— había sido diseñado tras la conquista por andaluces —seguramente con algún sevillano entre sus filas—, además de portugueses, gallegos, castellanos… Una mezcla cultural que fue conformando la fisonomía de un espacio de convivencia reformado constantemente en función de necesidades, maneras de pensar y de vivir en épocas posteriores; una especie de aculturación rizomática que diera origen al actual palimpsesto habitacional.

Cuando tuve uso de razón histórico-técnica, comencé a escudriñar en el relato de lo acaecido y sus formas de desarrollo, a través de valores etnográficos y otras formas semiocultas de expresión no escritas que aún perduran. Adaptación lógica de maneras de hacer peninsulares, con clara influencia mediterránea, a materiales, climatología y costumbres locales; un totum revolutum urbanístico que fue evolucionando sin grandes encorsetamientos legales. En este punto cabe aclarar que, a pesar de las leyes vigentes de cada época, el urbanismo en la zona siempre funcionó ‘de aquella manera’, donde los convenios urbanísticos consistían en simples pactos entre caballeros: si hacía falta construir una nueva calle o ensanchar la actual, ampliar la plaza o zona deportiva…, se pactaba la cesión del terreno por alguna compensación o sin nada a cambio. Así, voluntad tras voluntad, fue creciendo mi pueblo.

El urbanismo siempre funcionó ‘de aquella manera’

Recuerdo jugar entre sus callejuelas de tierra, que bordeaban manzanas de vetustas parcelas delimitadas por toscas paredes de piedra seca plagadas de lagartos. Los chiquillos hacíamos vida en la calle después de nuestras tareas escolares, sin necesidad de mucha vigilancia que por entonces aún no desaparecíamos. Jugábamos a piola, al trompo, al boliche…; o asumíamos el rol del personaje con el que más nos sentíamos identificados de la película que habíamos visto en el matiné del domingo anterior: a veces tocaba indios y vaqueros, otras romanos, quizá cruzados o espadachines medievales…

Nuestros mayores sacaban al atardecer, después de su jornada laboral, sus sillas y bancos artesanales a la calle, formando corro a modo de improvisado tagoror vecinal; vamos lo que ahora se denomina relacionarse. Todos contribuíamos a mantener en orden la zona pública, se regaba a turno los geranios comunales, sembrados en latas de aceite La Giralda o La Española o en improvisadas jardineras delimitadas por piedras en hilera. Constituíamos una comunidad algo más que vecinal.

‘Buenavista llora, 22 de junio de 1996’, Abel Herrera

Las parcelas eran extensas, de superficie suficiente para dar cabida a la casa que iba creciendo en función del número de hijos que se animara a permanecer junto al tronco familiar. Nunca faltaba la huerta con productos de autoconsumo, el gallinero, la conejera, el goro o chiquero y el cobertizo para la cabra o alguna vaca si se terciaba; animales que se ocupaban del reciclaje de la materia orgánica hasta transformarla en abono para la huerta, además de surtir de carne, huevos, leche, queso, mantequilla… Entre tanto, el perro y el gato se ocupaban de la vigilancia, hacían compañía, o mantenían a raya a los roedores. Vamos, prácticas comunes que ahora podríamos encasillar en lo que denominamos economía circular, cultivo ecológico o permacultura.

Las aguas negras y grises se regeneraban en fosas sépticas para su reutilización en la huerta, y las de lluvia se almacenaban en aljibes para un uso más doméstico. Los árboles con su sombra, estratégicamente colocados complementando al emparrado, contribuían a la misión de regular la temperatura y la humedad, además de servir de sumidero de CO2 y producir fruta y oxígeno.

Hasta aquí, mi lejano recuerdo de cómo se hacía urbanismo —o se construía hábitat— en sociedad de una manera sencilla y sostenible sin ser conscientes de ello, lo que ahora podríamos denominar urbanismo autosuficiente, participativo e interdisciplinar; fórmula empírica que generaba espacios amables y sanos para la vida, y formaba ciudadanos integrados e identificados con su medio.

Pero en esa estábamos cuando llegó lo que denominamos progreso y modernidad; apareció la tele, los ordenadores y con ellos la PlayStation con sus videojuegos, los móviles… Los niños empezaron a desaparecer de las calles, en sentido metafórico y literal, por lo que se les recluyó por seguridad tras los muros de sus viviendas mínimas; la vida empezó a desarrollarse puertas adentro y todo comenzó a cambiar radicalmente. Se crearon leyes y normas para que hicieran cumplir otras leyes y otras normas que nos protegieran y, de paso, ordenaran y crearan convenientemente espacios adecuados y seguros para la vida… al menos, eso dicen… El urbanismo pasó a ser controlado corporativamente por especialistas que dicen que saben de eso, sembrando el territorio de innumerables Pruitt-Igoe avalados por las mejores firmas.

Juegan al Greenwashing, a parecer verdes

Analizando los objetivos del Pacto de las Alcaldías (PACE) que se pretende para la Isla Baja, retornaron mis desdibujados recuerdos de infancia. Humildemente, sigo pensando que el urbanismo debería retomar conceptualmente la filosofía de las añoradas Sevillas surgidas antaño por todo el territorio, adaptándola, por supuesto, a los nuevos tiempos y a las nuevas exigencias; sobre todo a las medioambientales de las que depende la vida y a las humanas de las que dependen los valores para la vida.

En este sentido, nos advierte el mundo científico que vivimos momentos de emergencia climática, lo que ha llevado a la firma de trascendentales acuerdos internacionales para tratar de paliar el anunciado desastre que se nos viene encima: los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas en 2015, el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático en 2016, antes de ayer, ayer y hoy los renovados ultimátum de la ONU, etc., etc., etc., suscritos por la mayoría de los Estados, entre ellos, el nuestro.

Estos acuerdos indican que urge cambiar los estándares de vida para adaptarlos a la nueva realidad, cuyo denominador común incide en nuestra relación con nuestro hábitat. Por tanto, apremia repensar la forma de seguir construyéndolo y, por consiguiente, las maneras de hacer urbanismo. Pero observamos con desazón que, a pesar de todas las advertencias y alarmas, a pesar de las protestas encabezadas por los más jóvenes, a cuyo futuro derivamos nuestra actual sinrazón, las decisiones cortoplacistas —a golpe de Twitter— que toman nuestros representantes no suelen ir más allá de grandilocuentes declaraciones de intenciones y postureo, tal y como se denomina ahora a la hipocresía política. Usan la retórica buenista como subtexto engañoso y maquillador de lo que verdaderamente persiguen y hacen: juegan al Greenwashing, a parecer verdes.

En Canarias contamos con una orografía y climatología excepcionales para planificar el espacio de otra manera, más amable con el medio y diferenciado de los modelos foráneos estandarizados que describen los libros. Tenemos como aliados a la gravedad de Newton, consecuencia de nuestra abrupta geografía, también al alto grado de soleamiento debido a nuestra latitud, o la benigna humedad que envían los vientos alisios, etc. Además, tenemos un territorio ruralizado que conserva valiosa información, experiencia y tradición agraria, que permite poner en práctica, como valor añadido, soluciones alternativas que merecen ser tenidas en cuenta para construir futuro.

En base a lo expuesto, y otros argumentos que han quedado en el tintero, sería conveniente proponer a la autoridad competente que, si realmente cree en los objetivos del Pacto de las Alcaldías, debería de tener en cuenta cuestiones esenciales del estatus ciudadano para la elaboración de su Plan de Acción, próximas a lo social y a lo medioambiental.

Lo estratégico-social y espacios de relación

Atendiendo a nuestra condición de animal social, parece lógico que para el diseño y adaptación de lugares para la vida y el desarrollo humano (residenciales, trabajo, ocio…) se tengan en cuenta soluciones amables y personalizadas que sean percibidas como hábitat por sus usuarios. Lo que requiere estrategias que estructuren sitios en función de idiosincrasias locales que valoren y consoliden costumbres y realidades sociales propias. Deberían ser diseñados desde la interdisciplinariedad y avalados socialmente por una participación ciudadana real, alejada de la administrativa legal.

La planificación de lugares que conserven cierta ruralidad requiere concreción a nivel de detalle, de tal forma que potencie la conservación de su estructura parcelaria y usos sin excesivas variaciones, pero adaptada a los nuevos requerimientos. En esta línea, sería ideal recuperar los pequeños huertos para autoconsumo, el corral para animales, etc. como extensión y tránsito de las viviendas hacia el exterior y apoyo a la economía doméstica; sanitariamente testados y regulados normativamente desde el planeamiento. Se requieren espacios ad hoc a diferentes niveles —individuales, generales, etc.— para implementar modelos basados en el autoabastecimiento energético, el reciclaje y reaprovechamiento de los productos consumidos. Dando protagonismo al agua a la que se le debe de garantizar más de un uso, además de poner en valor los ingenios culturales de captación y almacenamiento, como el aljibe.

Abundando en lo social, un urbanismo resiliente debería ser capaz de recuperar su función de barrera contra la soledad y el desarraigo, sobre todo de mayores y jóvenes que adolezcan de apoyo social y calor de cercanía, o que encienda alarmas cuando detecte desajustes. Se impulsaría habilitando lugares de esparcimiento y reunión al aire libre para uso interfamiliar, distribuidos por sectores y dirigidos a la convivencia de todo el abanico de edades. La estrecha relación vecinal facilitaría el trueque de elementos y servicios básicos, la custodia ocasional de personas con dificultad o el cangureo propio de los viejos pueblos. Estos pequeños espacios semipúblicos, o públicos para uso restringido, requieren ser adaptados a los nuevos tiempos, nuevos modos relacionales, nuevas tecnologías y elementos que inviten a la participación y la creatividad en común: red wifi, juegos, zonas de tertulia, lugares para el arte participativo, jardines vecinales, huertos para cultivo compartido…

Abel Herrera

En otro flanco, destaca la movilidad como factor estructurante. Hasta ahora, básicamente considerada urbanísticamente a efectos económicos, debería repensarse en función de su utilidad social, contaminación, impacto visual o incidencia en la tranquilidad que se requiere para cada lugar. La movilidad tiene difícil solución en áreas metropolitanas, donde se mezcla el uso residencial o industrial con el comercial y de servicios. Es un reto repensar su engarce y grado de compatibilidad con las diversas funciones de los espacios, pero sobre todo con los residenciales, donde deberán primar los valores sociales y medioambientales a los comerciales. Por calidad de vida, es necesario ubicar bolsas de aparcamiento disuasorio e intercambiadores de transporte en el extrarradio de las zonas destinadas al descanso, conectadas por medio de carriles bici, arterias peatonales, transporte público con vehículos eléctricos, etc.

Los valores medioambientales y naturales como aliados

Como herramienta de diseño, el urbanismo juega un papel relevante en la planificación de estrategias para paliar las causas y efectos del estado de emergencia climática actual, por lo que debe de ponerse al servicio de esta causa. Es necesario que contemple medidas para conservar activa la riqueza ecológica endémica y la interacción de toda la masa vegetal (agrícola, arbolado urbano, jardinería…) que garantice la continuidad de corredores ecológicos y hábitats en el territorio; con los filtros necesarios respecto a la flora introducida y la adaptación de especies a las variantes derivadas del cambio climático.

Energéticamente, urge cambiar de rumbo hacia modelos alternativos a los fósiles

Nuestra geografía está surcada por infinidad de barrancos con alta carga biológica que cumplen esta función de manera natural; bastaría con mantener su continuidad física, de mar a cumbre, y programar tareas de reestructuración y mantenimiento adecuadas. El incremento de superficie vegetal necesaria para relacionar los sistemas riparios naturales con la masa vegetal originada por la actividad humana, aumentaría considerablemente los sumideros de CO2 y la producción de oxígeno, además de servir de hábitat a las especies asociadas.

Energéticamente, urge cambiar de rumbo hacia modelos alternativos a los fósiles (solar, eólico…), por lo que también habría que destinar suelo dotacional que dé cabida a las infraestructuras necesarias para implementarlos: producción, acumulación, conexión y aporte sobrante a la red, red interna, etc. Se hace imprescindible utilizar energía limpia para los servicios públicos (alumbrado, distribución de agua para riego, hidrantes para incendios…) o para poner en valor elementos etnográficos vinculados a la cultura del agua (abrevaderos, canales, lavaderos…). Sin olvidar el suministro a explotaciones agrarias, puntos de recarga para vehículos o autoconsumo. La Punta de Buenavista posee excelentes cualidades eólicas para suministrar la energía necesaria a los tres municipios de la Isla Baja. Solo se requiere la concesión legal que les habilite y el cambio normativo que permita la explotación pública directa para autoabastecerse, lo que también posibilitaría el suministro gratuito de energía a las familias más desfavorecidas.

En lo referente al agua, existen experiencias locales contrastadas para el tratamiento y depuración de las residuales en núcleos de población, viviendas aisladas, instalaciones agrarias, etc., con sistemas naturales de nulo consumo energético, como el Modelo Teno. Para estas tareas, urge evitar bombeos de aguas negras, rediseñando su tratamiento y reutilización para su funcionamiento por gravedad o, si fuera imprescindible, priorizar la impulsión de las regeneradas a las negras.

Visita de la Plataforma Los Silos-Isla Baja a la depuradora natural del albergue de Bolico

Por otro lado, la recogida de aguas de lluvia con medios separativos facilita su mezcla con las negras regeneradas para  segundos usos: aseo urbano, jardinería, mantenimiento de arbolado, corredores ecológicos y ecosistemas riparios, bebederos para aves, ejecución de obras, hidrantes para incendio, etc. Para este segundo uso es necesario prever depósitos reguladores y redes generales secundarias, así como acometidas individuales que faciliten el segundo aprovechamiento privado. Así la ciudadanía costearía el agua una vez y sus ayuntamientos la reaprovecharían una segunda en beneficio de la comunidad. Por economía energética convendría recuperar los depósitos en las azoteas, limitando el bombeo desde plantas bajas a situaciones límite.

O, desde el punto de vista sanitario, se podría suministrar agua de calidad, previamente tratada según las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, recuperando los antiguos chorros de abasto públicoModelo Muñiz—, lo que disminuiría la demanda de agua embotellada en envases de plástico.

Por último, cabe considerar que gracias a nuestra latitud las edificaciones son susceptibles de ser climatizadas mediante procesos naturales de nulo consumo energético. Bastaría tener en cuenta parámetros de orientación, soleamiento y eclíptica estacional, así como la incidencia de los vientos dominantes para la ventilación y renovación de aire. La vegetación y arbolado son importantes reguladores de temperatura y humedad, además de productores de sombra. En Canarias existe una amplia variedad de especies, propias e introducidas, de hoja perenne o caduca, de pequeño o gran porte, que cubrirían el amplio abanico de necesidades. O también tendría especial relevancia el diseño de una carta de colores para fachadas en función de zonas climáticas, orientación, soleamiento…, que atienda al grado de transmisión térmica o reflexión de cada gama. Implementando medidas de este tipo, junto a un adecuado diseño y aislamiento, se podría reducir notablemente el empleo de energía para climatizar.

Un virus coronado nos ha demostrado que nuestra fragilidad depende mucho de quienes toman las decisiones

Epílogo

Una planificación resiliente debe apoyar sus propuestas en modelos sostenibles. Priorizar soluciones de escaso o nulo consumo energético y reducida huella de carbono, implementadas con tecnología local, frente a modelos industrializados de alto consumo dependientes del exterior. Para conseguirlo, se requiere un cambio conceptual y, en algún caso, cambio normativo. Posiblemente esta incompleta reflexión, pensada para revertir no-lugares en lugares para la vida, y para atenuar las causas y efectos del cambio climático, sea vista como utópica; pero si no se adoptaran soluciones para conformar un hábitat saludable, se tendría todos los boletos para convertir la situación en distópica.

Por eso, parece adecuado inyectar en el debate público para el diseño del Plan de Acción del Pacto de las Alcaldías en la Isla Baja, propuestas globales y algo de pensamiento crítico, como alternativa a los planteamientos precocinados desarrollistas a los que se suele recurrir desde la Administración pública. Cabe recordar que un virus coronado nos ha demostrado que nuestra fragilidad depende mucho de quienes toman las decisiones, de su buen o mal gobierno, y de sus prioridades.

En Tenerife, la administración que coordina el Pacto de las Alcaldías tiene previsto tratar sus aguas residuales con sistemas industriales de alto consumo energético; obviando alternativas naturales resilientes de nulo consumo y bajo mantenimiento, hechas con tecnología local y recomendadas por la Unión Europea. La ciudadanía demanda coherencia y sentido común.

*El Pacto Europeo de las Alcaldías para el Clima y la Energía (PACE), es una alianza de municipios que de forma voluntaria se comprometen a implantar localmente los objetivos en materia de clima y energía que marca la Unión Europea (17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, Acuerdo de París, etc.): aplicación práctica del principio “piensa globalmente, actúa localmente”. En la isla, el Pacto de los Alcaldes es coordinado por el Cabildo Insular de Tenerife.

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