Un septiembre sin repiques

Llega septiembre y, por primera vez en mi vida, lo recibiré sin salir a la plaza a escuchar los repiques

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Foto. Comisión de Fiestas Nuestra Señora de la Luz 2020

A mi pueblo
A mis gentes

Los días se van rápidos, como si corrieran hacia alguna parte que desconocemos. Llega septiembre y, por primera vez en mi vida, lo recibiré sin salir a la plaza a escuchar los repiques. ¡Cuántas cosas arrebatadas! ¡Cuánto perdemos!

Entonces, cuando pienso en lo que vamos dejando atrás vienen a mi mente recuerdos del pasado llenos de significado. Y el contraste entre lo vivido y lo presente hacen que sea más hiriente la sensación de desamparo en la vivimos.

Pero, por suerte, los recuerdos se reavivan y la fiesta parece estar dentro de cada uno. El festejo es algo interior e, incluso, íntimo.

El olor a pintura y a limpieza. Las colchas y las cortinas en las azoteas aireándose para engalanar la casa porque en unos días estaremos de celebración. Las idas y venidas a las tiendas del pueblo para comprar la ropa y los zapatos nuevos. Estrenar algo los días de la Luz era obligatorio, aunque se comprase fiado para pagar a plazos. Las Sister, Andrea María, Almacenes Villa, Candelaria Dorta con sus olores a madera, sus cartones de botones coloridos, las bobinas de hilo, las telas apiladas en las estanterías son ya solo recuerdo de otro tiempo, pero también ejemplo de otra manera de celebrar la fiesta. Y de una vida comercial que ya es pasado. Los olores a rosquetes de huevo, queso de almendras y bizcochones, que Emiliano y Bonosa adornaban con mimos de merengue y parecían castillos de cuento, alimentaban el aire de dulces recuerdos. La ruda ya estaría a punto en su maceración y los almíbares al fuego para unirlos a la aromática yerba. Y vuelvo a escuchar el machaqueo de morteros haciendo el preparado de ajos y orégano para el adobo de carne de cochino… Olores que embriagan, que hablan de alegría y de unión entre los vecinos. Aromas que viajan dentro de cada uno. Y la banda bullanguera, la procesión, los anisitos de los romeros para la Virgen, los dibujos de los fuegos en el cielo recortando con sus flashes la silueta de la montaña de Aregume y el eco ensordecedor de los camarotes retumbando en los riscos…

Eso era la fiesta: ritual que nos ha unido, que nos ha hecho distintos cada año en los inicios de septiembre. Y rememoro unos versos de Antonio Machado en mis pensamientos silenciosos:

!Y en aquella noche
de fiesta y de luna,
noche de mis sueños,
noche de alegría,
el hada más joven
besaba mi frente…!

La magia debe seguir dentro de nosotros. Los rituales son necesarios para entender la vida y las relaciones humanas. Un inicio del otoño sin Fiesta de la Luz resultará extraño para un silense. Iniciaremos la vuelta a los colegios sin el sabor de los turrones de Maribel en el paladar. Empezaremos otro ciclo sin el reencuentro con los familiares y conocidos que regresan cada año al ritual de la amistad. Sin la plaza engalanada. Eso es la fiesta, no nos engañemos con rimbombantes actos y alardes de grandeza. La fiesta es la copa que brinda por la alegría y las palabras compartidas y la sonrisa y la comunicación… La fiesta viaja dentro de cada persona.