Las incertidumbres meteorológicas no impidieron que Ernesto Rodríguez Abad, director del Festival Internacional del Cuento de Los Silos, celebrara uno de los actos estrella de la programación de este año: Cuentos y música para caminantes, en el Monte del Agua.

Con alguna variación, alrededor de 60 personas nos dirigimos a Erjos para disfrutar de la naturaleza contada, de los alisios silbadores que mueven secretos entre los árboles y de un camino de cemento (una total atrocidad) que nos llevó hacia el propio Rodríguez Abad, Davinia Yanes (Tenerife), Daniel Broncano (Jaén), Jorge Serafim (Portugal) y Francesc Pareja (Barcelona).

Antes de disponernos a escuchar y a sentir, pude comprobar la ilusión que sale por la boca de Ernesto Rodríguez Abad. Se refleja también en su mirada al mirar al asiento trasero del coche donde nos desplazamos. A pesar de ser la vigésimo cuarta edición, el silense sigue incombustible. Habla del futuro, de los niños y niñas versadores, de la futura Casa del Cuento, de lo que se podría hacer en el exconvento de San Sebastián, de los medios de comunicación y en medio de todo le suelto mi mayor confesión: en 24 años, de 32 de existencia, nunca he ido al Festival del Cuento.

Entono el mea culpa. Se comprende por los oriundos y nos adentramos en un bosque previamente explicado por Aarón Rodríguez (Tenerife) en el exconvento de San Sebastián mediante la leyenda de Robinson Crusoe. Es increíble la capacidad de los narradores, oradores, cuentistas o como queramos llamarlos, para hilar y sorprendernos con historias que de inicio no aparentan tales finales.

El sendero de los sentidos nos envuelve y la laurisilva nos mece entre los vientos alisios, la bruma y la lluvia horizontal. Cerrar los ojos ayuda a transportarse entre las palabras que suenan. Palabra a palabra, gota a gota y nota a nota del clarinete de Broncano y la guitarra de Francesc Pareja. Serafim es el último en brindarnos su historia, el de un hombre avaricioso, y entonces las nubes viajan debajo de nosotros y la estampa es increíble. Solo faltó que el Teide se desnudara de su traje de nubes y dejara ver su nieve recién nacida. Es un auténtico gozo pero no vamos a pedir más, no vaya a ser que terminemos como el hombre del cuento del portugués.

Me pregunto: si en la vigésimo cuarta edición pasan estas cosas, ¿qué pasará en 2020 cuándo el cuento de Los Silos alcance el cuarto de siglo? No hay que tener dotes adivinatorias para saber que el equipo del evento ya está con la vista puesta en el año que viene. Será especial.

Pero, ¿qué no es especial en el Festival del Cuento? Abandonar el Monte del Agua me dio pena pero se me pasó en seguida cuando pude comprobar que Diego Pun estaba en acción con los Callejones literarios. David Orán encarna al personaje de Viera y Clavijo a la perfección recorriendo las recónditas calles de la Villa de la Luz. Que más que de La Luz es de los cuentos, sin ánimo de ofender a la patrona.

Porque las letras y las historias se encarnan en personas. Se verbalizan sin el esfuerzo propio de la concentración que hay que mantener cuando uno lee plácidamente. Se escriben en las paredes de este pueblo que se mantiene aún dormido en un profundo letargo. Despierta de repente, asustado, preguntando qué pasa. Pasan personas, letras, hadas, monstruos, niños y niñas, adultos y adultas, raperos, músicos, lluvia y sol, montañas y mar…

Los Silos es el mayor cuento jamás vivido. No podrá haber historia que lo supere. No habrá narrador que tenga el valor de resumirla en páginas ni en palabras. No habrá zona metropolitana que pueda eclipsarlo con cuentos llenos de tolerancia. Porque Los Silos será un cuento que dure para toda la vida.

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Licenciada en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Comunicación institucional y gestión de redes sociales.