El ser humano, desde que la evolución le dio la oportunidad de desarrollar el raciocinio social y la inteligencia ‘que nos hace creernos superiores a las demás razas de seres vivos’, ha logrado sustituir u olvidar las carencias que la vida le ha ido planteando: el amor, el dinero, el trabajo, el sexo, la felicidad, la compañía, la comprensión… Muchos de nosotros nos llenamos la boca diciendo “nada ni nadie es imprescindible”. Creo que no podemos estar más equivocados: no podemos (o queremos) vivir sin plástico.

Mira a tu alrededor: envases, prendas de ropa, juguetes, vehículos, máquinas, adornos, herramientas… ¿Cuántas cosas puedes contar que no tengan ni un solo gramo de plástico?, ¿cuántas actividades de tu vida diaria eres capaz de hacer sin la necesidad de utilizar este material? Pocas. Lo peor de todo este asunto es que la mayoría de residuos acaban en el mar.

Según la asociación ecologista GreenPeace, “alrededor de 8 millones de toneladas de plástico llegan nuestros océanos cada año”, unos 200 kilos al día. Estamos asistiendo a una de las peores crisis ecológicas del planeta porque a pesar de que los expertos llevan años advirtiendo esta catástrofe las palabras, como el plástico, se las ha llevado el viento.

No tenemos cuidado con nada, no nos importa que el lugar sea un Espacio Natural Protegido, Patrimonio de la UNESCO o Parque Rural, si nos acabamos nuestra botella de agua preferimos tirarla al suelo (aun sabiendo el daño que supone) que guardarla hasta que veamos un contenedor (muchas veces está más cerca de lo que pensamos, pero la pereza nos puede). Ir a pescar y recoger las redes, cuerdas, nylon y demás enseres está sobrevalorado. ¿La colilla? La dejamos en la arena o debajo de una piedra que igual viene una gaviota y se la termina.

Quizás no somos consciente del problema hasta que nos quitamos la venda de los ojos, nos paramos a mirar nuestro alrededor y observamos como lo estamos destrozando. Algo en tu interior hace ‘clic’, reaccionas, te conciencias, piensas en las generaciones que vendrán… Yo lo hice el pasado jueves 1 de agosto en la Punta de Teno. Después de un paseo de menos de una hora por los acantilados recogimos más de 2 kilos de basura que el mar había traído hasta la costa. Muchos de las cosas ya tenían, incluso, vida en forma de alga adherida sinónimo de que llevaban semanas o meses deambulando por nuestro Atlántico. También hay que añadir la basura que posteriormente retiramos de la propia playa.

Centrándonos en esto último, ¿cómo es posible que visitemos un parque con una regulación vigente, en parte, impuesta para garantizar un mejor control del paisaje y nos sintamos con el derecho de poder dejar nuestra basura donde nos plazca? Somos, sin duda, la vergüenza del reino animal. Porque, como comencé diciendo, aunque muchos nos creamos superiores, somos peores que los cerdos.

Estamos maltratando y asesinando a miles de especies, todo por no ser capaces de tirar el paquete de papas que nos hemos terminado en el contenedor amarillo o en la papelera más cercana. Pero aunque nuestro orgullo nos ciegue hay una cosa que, al menos, yo tengo claro: si no hacemos nada el plástico será nuestra tumba.