La cuarta etapa de la aventura Latitud Tenerife ha sido demoledora a la par que satisfactoria. Han sido 30 kilómetros duros, largos y llenos de alegría y entusiasmo. Nuestra mente no ha dejado que el cansancio físico ganara la lucha entre cuerpo y alma. 

Salíamos con 12 grados de temperatura aunque la sensación térmica era mucho menor. Los 16 kilómetros hasta El Portillo por Siete Cañadas fueron durísimos: viento frío, en muchas ocasiones en contra, y un llaneo eterno que parecía discurrir por otro planeta por los impresionantes paisajes que se ponían ante nuestros ojos. 

Un paraje inhóspito y árido pero no por eso desagradable. Lo peor: el llano eterno. La mejor sensación era ver cómo veíamos que estábamos bordeando El Teide. De manera literal. Comenzamos en la cara sur y cuando llegamos a El Portillo podíamos ver la poca nieve de la cara norte. Perdimos Guajara de vista y eso que la teníamos en frente al empezar. 

En un paisaje como ese, de repente, Vane me descubre que allí estaba el antiguo sanatorio. Se trata del lugar en el que dejaban a los enfermos de tuberculosis y sobre todo enfermedades respiratorias. Seguimos teniendo condiciones climatológicas aplicables a cualquier ámbito. 

Nuestra llegada a El Portillo fue digna de celebrar. Tres horas y cuarenta y cinco minutos de puro llano en el que nos encontramos con varias personas que corrían por ese sendero, el número 4 del parque. 

En ese punto, mi orientación tuvo que volver atrás ya que nos pasamos la senda a seguir pero Guayarmina (así se ha bautizado a mi bendito GPS) me enseñó el camino. Comenzamos una bajada por un pinar muy diferente al del sur de la isla. Transcurrimos por el sendero de Gran Recorrido 131 durante casi 5 horas. 

Si las casi 4 horas de Siete Cañadas fueron largas, las casi 5 hasta llegar a La Caldera fueron más de lo mismo. Sin embargo, el paisaje parecía ser más agradecido. “Son diferentes bellezas”, me decía Vane, algo totalmente cierto. 

Seguíamos bajando y ya divisábamos municipios como El Puerto de La Cruz. Algo a lo que yo no daba crédito, me parecía imposible. Pero era totalmente real. 

El pinar hacía las delicias de nuestros ojos, combinado con algunas formaciones geológicas que nos imaginábamos llenas de agua. En época de lluvia podría ser prácticamente ríos por los que hacer rafting. Era impresionante. 

A medida que avanzábamos, el pinar comenzó a mezclarse con el fayal-brezal. La flora volvía a ser protagonista en una jornada en la que apenas encontramos fauna y tampoco personas. A lo largo del GR-131 no encontramos a nadie.

¡Mentira! Ya en los últimos cinco kilómetros hablábamos de nuestra llegada de mañana a La Esperanza. En un supuesto podría ser a las 10 de la noche. “¿A dónde dicen que van a llegar ustedes a las 10?”, se oyó. Un hombre del lugar, sentado justo en medio de dos señales nos dijo que por qué no íbamos por la pista, sería más rápido. Inteligente, pero no sería Latitud. 

Los últimos cinco kilómetros se hicieron 20. Cantábamos y no parábamos de darnos ánimos porque estaba siendo realmente duro. Al menos, la presencia multitudinaria de los madroños y sus frutos dorados, nos hacían reconocer la biodiversidad de este territorio. Un bosque totalmente desconocido para mi pero que más allá de dejarme casi sin aliento me enseñó que nada es imposible. 

Avatar
Licenciada en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Comunicación institucional y gestión de redes sociales.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.