Los riscos bajo la luna

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Las montañas que rodean Daute son cambiantes, sinuosas, inquietantes; mas también son fuertes, imponentes, rotundas.

Las miro desde la costa. Espléndidas se recortan en el azul. Las casas de la Tierra del Trigo parecen un juguete de otra época o un portalillo de Belén diseñado por la mano de un artista primitivo y soñador.

Cuando llega la noche, apenas se distinguen del cielo que perdió la claridad para adentrarse en el universo de los infinitos astros.

Un horizonte de parpadeos de bombillas serpea insinuando la costa de la isla. Coronan la isla de nostalgias.

Algunas estrellas titilan en el cielo oscuro. A lo lejos una nube pasajera marcha a un viaje incierto. Guiños del universo que, a veces, no sabemos descifrar.

Los faros de los coches se alejan hacia las montañas como si buscaran el lugar donde naciera la luz.

Nadie pasa. Nadie se detiene a meditar.

Sigo en la costa, mirando hacia Tierra del Trigo, el telón oscuro va dejando entrever los riscos que la luna sepulta en sombras. Las colinas, los arbustos y las majestuosas crestas de las montañas entretejen sinuosidades con hilos sombríos. Hay que acostumbrar los ojos a una nueva belleza. Todo está oculto. Hay que aprender a destapar el umbrío lienzo.

Las estrellas vigilan. Inquietantes nos hablan de sueños y sonrisas perdidas.

No paramos un momento a ver el espectáculo que nos ofrece la naturaleza. Viene a mi mente una frase del escritor francés Boris Vian: “Las tiendas de flores no tienen nunca cierres metálicos. A nadie se le ocurre robar flores”.

No vivimos los instantes. Nadie nos podrá robar lo vivido. Son únicos. Solo suceden una vez. La belleza no se repite, como la palabra, como la luz que refleja el artista, como la sensación de amistad verdadera frente a la inmensidad.

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