La Juncia, la paz

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Carretera arriba, siempre arriba… Hacia un cielo de intocables brillos. Entonces aparece el caserío solitario.

El silencio nos recibe.

A los lados de la angosta carretera, las huertas de papas y frutales. Las coles despeinadas en la orilla crecen desmesuradas. Las gotas de agua brillando en las hojas temblorosas como perlas de fantasía, de ensueño. Las flores silvestres, humildes y hermosas, se despiertan con un bostezo inesperado. Las tierras rojizas, las rocas recubiertas de musgo, los brezales que anuncian la cercanía del monte. Todo nos sumerge en un paraje idílico.

La bruma blanquecina parece adherirse a nuestra piel. La llovizna fina nos recibe con caricias de escalofríos.

El paisaje es una sonrisa verde.

El pequeño caserío nos ofrece su hospitalidad antigua. Allí se puede comprobar la dureza de la vida y la belleza de vivir en un lugar hecho para la paz.

Rudas manos de mujeres y hombres levantaron el poblado que debe su nombre a las malas hierbas de la familia de las ciperáceas (Cyperus rotun­dus), que crecían en sus tierras.

Parece que el tiempo no muda nada en La Juncia.

El poeta icodense Emeterio Gutiérrez Albelo, en un poema que dedicó al municipio, describe la sensación de ascender hacia las cumbres de Los Silos como algo mágico e irreal:

“Yo aspiré en sus boscajes el perfume
que al pasar deja el roce de las hadas.
Y admiré en Cuevas Negras cómo asume
Cronos mismo sus propias dentelladas…”

Solos, dialogando con la naturaleza, admiramos estas arquitecturas que los mismos dioses crearon para satisfacer su vanidad, saboreamos un lugar construido para solazarse.

Aunque la dureza de la vida de los que trabajan la tierra esté escrita en cada piedra, el paisaje se empeña en mostrar su grandiosidad.

Allí la paz se ha refugiado. Allí no llega la violencia, ni la destrucción que germinan, a veces, entre los humanos… Allí las manos campesinas, solitarias y recias esculpieron de nuevo un mundo convirtiendo en belleza el entorno agreste.