Pino Jurado

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Montaña arriba, detrás el solitario camino que se aleja del caserío. El aire acaricia. Los pinos inundan de olores el paisaje. El bosque se adueña de los sentidos.

La Montañeta, silenciosa e inamovible en su soledad eterna, espera.

El camino serpentea, se enrosca, se extiende ante los ojos como un bostezo de la naturaleza. Las historias se entrecruzan como si surgieran de entre los árboles. Parece que están allí. A la espera de paseantes de mirada inquieta y oídos ávidos. Lo sorprendente se hace palabra, como las setas que crecen en los troncos dormidos. Un cementerio de burros parece dejar en el aire quejidos de huesos olvidados, ¡pobres burros viejos! Parece que en el aire cabalgan los aullidos de la cama en la que murió una vieja de mal carácter. Los hijos, enloquecidos por gritos que impedían el descanso, la llevaron la alto de una colina; aún se pueden oír en las noches silenciosas los desgarradores aullidos. Solo hay que atreverse a caminar durante el alba solitaria. Los murmullos exóticos de los pájaros del paraje llamado la Pajarera se presienten entre la arboleda, capricho de algún poderoso que en el siglo pasado quiso decorar los montes con tropicales pinceladas de mal gusto. Y, más abajo, sobre el abismo del mar de nubes, en los pinos amarillentos se escribió el esfuerzos de las mujeres y hombre que cavaron huecos en la lava y los rellenaron de tierra para que el bosque volviese a salir en la tierra quemada.

Sed de vida.

Trabajo ímprobo con el que los campesinos han bordado nuestros campos.

Frente al Pino Jurado, metáfora de vida y muerte, de recuerdos y ausencias, uno se plantea el devenir de las cosas. La mano humana que cruel y despiadada ha mancillado la naturaleza. Parece que el gran hueco del pino nos induce a nobles pensamientos.

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