Una puerta sin cerrojos

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Foto: Remontando el Vuelo

A la inmensidad es imposible ponerle barreras. El mar huye hacia el malecón, las nubes se columpian en las olas, una gaviota pensativa mira al horizonte… Todo tiene apariencia de reconstruirse y borrarse en un diálogo de amores pasionales. Amantes eternos. Habladores que buscan palabras para encontrarse.

El mar y el cielo hablan. Incesantes, incansables… El Atlántico de sonoridades remotas se deshace en las arenas negras y las rocas de lava. Viene con aires de América y se estrella en los recuerdos de la antigua gloria de Garachico. Hablando del pasado y pensando en el presente que huye hacia el futuro.

Diálogo de agua y roca son las islas.

Kan Yasuda no había visto Garachico cuando imaginó su obra, pero debió sentir la esencia de lo isleño. Puerta sin Puerta, o como se dice en su idioma original, Tensei Tenmoku, es una composición de estilo minimalista en dos piezas de mármol blanquecino colocadas una tras la otra, que se integra perfectamente en el paisaje.

Y en la puerta sin cerrojos caben el mar y el cielo. Libres los dos. Aunque parezca un sueño de imposibles.

Jano, el dios romano de la puertas, debió hablar al oído con el artista japonés. Jano y sus dos caras. La divinidad que no usó llaves para cuidar las puertas. Una mira a América; la otra, al Teide y a la tierra.

Dios y artista en esta metáfora colocada a la orilla del antiguo muelle parecen resumir la idea de la comunicación humana. Diálogo sin cerraduras, sin ataduras ni condiciones.

Un susurro de espuma se cuela entre los muros. El postigo está abierto. Aire y agua. Fuego y tierra. Una puerta que no cierra ni separa, sino que da cabida a la convivencia entre los elementos.

A esos lados de esa puerta solo podemos hablar, nada lo impide.

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