El Palmar

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Libreas de El Palmar

Tañen las campanas. El día se anuncia con coloridos nuevos. Llega la fiesta en un septiembre que agoniza.

Salen a la plaza jóvenes y ancianos, los niños, mujeres y ociosos paseantes.

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La turronera pone sus dulces bajo el toldo, la orquesta afina, el cura pasa presuroso…

Suena el tajaraste: rústico y ancestral. Danzan los bailarines en torno diablo maléfico. Es una lucha entra las fuerzas que han movido y mueven a la humanidad desde tiempos inmemoriales. El bien y el mal en feroz batalla por dominar al ser humano deambulan por las calles.

Es el nacimiento del teatro y de la representación de los conflictos humanos.

El Palmar es cuna de este bien cultural perteneciente al patrimonio de la isla.

Los paisajes no son solo lugares, casas, parajes hermosos… Los paisajes son también su música, sus costumbres, las palabras de sus gentes… Sus rituales.

La iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, humilde y solitaria, aglutina las casas y calles que van de los bancales de piedra de las huertas hasta la plazoleta.

El Palmar parece un recordable naïf para jugar a hacer poblados de fantasía.

El tiempo se para a contemplar la vida, reflexiona sobre su inexorable y terrible paso por las vidas.

En las tierras de los altos todo reposa un momento: caminantes, domingueros, excursionistas, turistas… Todo es calma.

Un viejo sentado en el banco de la plaza mira y sonríe con sorna.

Todo pasa. Hasta el tiempo que parece detenido.

Suena el tajaraste lleno de ecos antiguos. Los danzarines hacen piruetas en el aire. Disfraces que rememoran la historia de nuestra cultura.

 

A los sones de tambor y flautas la diabla y el diablo arden en fuegos regeneradores.

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