El alcalde de barrio, también conocido como concejal de barrio, alcalde pedáneo e, incluso, alcalde franquista, fue una figura que durante más de 40 años marcó la historia de muchos municipios. Genovés, San Juan del Reparo, Tierra del Trigo, Masca, Los Carrizales, Las Portelas y Fátima son algunos de los lugares de la Isla Baja donde existía este cargo.

Aunque no hay una fecha exacta que date la aparición de estos alcaldes en la comarca, los vecinos se remontan al inicio de la dictadura franquista (1939). En este momento, el aislamiento que vivían los barrios más alejados de los cascos municipales y, por lo tanto, de los ayuntamientos, dificultaba las labores administrativas debido, principalmente, a la falta de comunicación entre ambas partes.

El único contrato que había con los ayuntamientos era la voluntad de querer lo mejor para el barrio

Al no ser un cargo oficial no consta en documentos municipales. Según los vecinos, “el único contrato que había con los ayuntamientos era la voluntad de querer lo mejor para el barrio”. A diferencia de lo que se conoce hoy en día como alcalde pedáneo, en ese momento no existía una ley que rigiese esta labor, sino que era la propia conciencia la encargada de establecer lo correcto.

La buena reputación era indispensable para optar a este cargo. La política quedaba de lado, y es que solo los valores personales eran los que dictaban si un hombre estaba preparado para ocupar el puesto. Tal y como cuentan los que fueron testigos de estos hechos, en cada barrio solía destacar algún hijo por sus formas, educación y buen estar.

“Cualquier cosa que hubieses hecho mal servía para que te marcasen con una línea roja. Sin embargo, si tu ficha estaba limpia tenías el camino más fácil”, comenta un vecino. La elección de este representante solía hacerse a dedo, o bien por el alcalde o bien por los propios residentes, y la duración de su mandato variaba según el lugar al que perteneciese.

Los alcaldes de barrio eran peones, pero sin sueldo

La función principal de estos alcaldes se basaba en trasladar las quejas y necesidades que había en los barrios hasta los ayuntamientos, para que luego allí se contemplasen las posibles soluciones. También podían proponer ideas y mejoras, pero sin ninguna potestad ni tampoco remuneración ya que, aunque cumpliesen una labor municipal, no cobraban por ello. Por esa razón, los pueblerinos asemejan la figura de estos hombres “con peones de ajedrez, pero sin sueldo”. Los temas del monte, el agua, la luz, etc. eran los que principalmente les mantenían ocupados.

Por ello, desde finales de los cuarenta y hasta casi mediados de los ochenta, estos alcaldes marcaron la historia de muchos barrios de la Isla Baja.

Actualmente no existe un documento donde figuren los nombres de cada uno de los que ocuparon este puesto en los diferentes barrios. Sin embargo, la memoria de los vecinos de Garachico, Buenavista y Los Silos ha traído al presente a muchos de los que ya forman parte del pasado.

Es en las medianías de Garachico donde esta figura tomó más importancia, llegando a tener hasta 15 alcaldes de barrio. En San Juan del Reparo, el primero en ocupar este puesto fue Juan Delgado Delgado, seguido de su hermano Francisco. Posteriormente, los también hermanos Manuel y Marcelino Carballo González fueron nombrados como tal. Por último, Luis Acevedo Medina cumplió su función hasta mediados de los años 80.

En el caso de Genovés, la lista es más larga. Juan Meneses González, Benito Rupérez Fernández, Juan González González, Elías Hernández Pérez, Ángel Rosalía Peña, Román Salazar Díaz y Domingo Pérez de la Concepción fueron los siete alcaldes.

José Pérez (Masca, Buenavista)

En Los Silos, los vecinos consultados solo se acordaron de tres nombres: Ángel Ramos, conocido como Angelito Guerra, perteneciente a Fátima; y en Tierra del Trigo, José González, también conocido como José, el alcalde y Julián Acosta Abreu. En Buenavista, Cornelio Martín Acevedo cumplía como alcalde del barrio de Las Portelas y en Los Carrizales lo hacía Antonio Pérez.

Por último, en Masca, José Pérez ejerció como alcalde pedáneo hasta principios de los años 80. Dada la importancia que supuso la labor de todos ellos, pero en especial de Pérez, el Ayuntamiento rindió homenaje a su persona “por su compromiso con los problemas del caserío y por su afán de intentar romper el aislamiento social de este lugar”.

Con el paso del tiempo, la figura de alcalde de barrio ha ido quedando en el olvido. El fallecimiento de la mayoría de los que ocuparon este puesto así como la poca constancia documental que existe en los archivos municipales limita su paso por la historia de los barrios a la memoria de los que aún agradecen su labor.