Soledad silente

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Nos mira desde la altura. Barbusano centenario que ha visto bajar y subir a trabajadores, caminantes, estudiosos…

En el sosiego de Covas Negras, el viento dialoga con los árboles.

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Sobresalen las ramas retorcidas por encima del verde follaje. Los retoños de hojas rojizas se balancean entre la hojarasca dura y recia.

En el cauce del barranco parece que aún resuenan las voces aborígenes o que mágicos personajes salidos de cuentos de hadas juguetean entre las ramas retorcidas.
Los otros árboles lo miran y se inclinan ante su esbeltez de siglos. Cuentan que los guanches hacían sus bastones de mando con la regia madera de los troncos de este rey de vegetales.

El árbol del poder y de la soledad.

Algunos pasan al lado y apenas lo miran. Otros se sientan bajo sus ramas a recobrar el aliento perdido en la subida. Hay quienes lo observan con la codicia de quien solo ve el mueble que el ebanista labrará en su oscura madera.

Pero hay también quien sabe escuchar el murmullo de su savia.

Hay también quienes descubren el placer de reflexionar bajo un árbol. Buscando las palabras que emanan del tronco, de las ramas, de las hojas, en un diálogo interior se construye el pensamiento.

En una sociedad que invade la mente de las gentes con productos diseñados para no dejar pensar… En un mundo que bombardea a los ciudadanos con ideas prefabricadas, con eslóganes comprados, hay aún árboles que cobijan bajo su sombra a paseantes perdidos para enseñarlos a meditar.

En Covas Negras se paladea bajo el anciano barbusano el sabor de la silente soledad.

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