Montaña negra

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Un cielo de intensos azules es el lienzo en el que una mano inesperada dibujó este trozo de tierra que emerge como un seno de sensualidades ocultas desde las arenas calientes para juguetear con las caprichosas siluetas de las nubes errantes.

Tierra que busca al aire en un juego de amores imposibles.

Dicen que fue en una de las furias de Guayota cuando nació la montaña. Días vomitando lava incandescente para crearla, luego eternidades para contemplarla.

Extasiarse en su belleza es fácil.

Sólo hay que mirarla.

Sólo hay que hacer una parada en el camino.

Se insinúa en el aire como una dama de fugitivas formas. Nos atrae y nos posee. El placer de contemplarla desata en la mente sensoriales caricias.

Mas su silencio de siglos, su sobriedad sin pretensiones son quizá los atributos que los dioses le han donado.

El caminante llega hasta ella atraído por sus femeninas formas, quizá sin saberlo sucumbe a la cautividad de su hermosura.

Entonces, cuando es capaz de mirarla y de reflexionar se para y mira y respira y piensa.

El diálogo surge y la naturaleza, otra vez enseña su lección de grandiosidad, de creación suprema. El ser humano, diminuto ante ella, se conforma con ser solo un instante ante la eternidad.

Montaña negra de secretos oscuros. Montaña que dialoga con el silencio.

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