El ojo del faro

0
673

​Vericuetos y curvas me llevan a la costa. Antes de llegar aparece, tras un inesperado recodo del camino, el espléndido paisaje de la isla.

Llego al faro. Solitario. Ya no hay casa para que un torrero anacoreta dialogue con el mar y el tiempo. Me siento a su sombra, entre los muros de las plataneras, algunos medio carcomidos de salitre y tiempo, me dejo dominar por los pensamientos. Miro al horizonte. La tierra se prolonga pocos metros en salientes retorcidos y bellos. Luego el mar inmenso, tan azul que compite con el cielo.

El faro con su ojo incisivo avisa de peligros e indica el rumbo a los marinos. Hay complicidad y confianza.

Miro el mar.

Siento que el faro lo entiende. Conoce sus vaivenes, las olas que se encabritan persiguiendo al viento, las espumas, las corrientes, los devaneos con la roca…

La soledad lo ha hecho sabio. El faro entiende las palabras del mar cuando se hace poesía o cuando se retuerce forzando cada una de sus frases.

La brisa del Noroeste me despeja, me hace ver la espiral que se enreda en el cilindro de cemento como una hiedra enamorada. El igual que la madreselva y el avellano de Tristán e Isolda representaban al amor, el foro es también metáfora, palabra. Meditación.

Su polifémico ojo lo mira todo, lo sabe todo, lo escruta todo hasta dejarlo en el esqueleto…
Aquí las palabras cobran sentido, quizá por eso los enamorados, los amantes silenciosos o los solitarios pescadores de quimeras van a sentirse ellos mismos bajo la sombra alargada porque allí las palabras son metáfora, poesía o pensamiento.

El faro alumbra con su gran ojo de luz lo que algunas mentes no saben ver. La palabra siempre va más allá, muy lejos… Y siempre hay alguien que la sabe entender.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.