Hacienda de San Juan de Taco

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Los pagos de Daute están poblados de grandes haciendas. Todas son hermosas, aunque algunas tienen heridas por el paso del tiempo; otras conservan su altanería y nobleza intocables; en cambio unas pocas permanecen impenetrables, como enigmas de un pasado que nunca se dejó ver.

La hacienda de San Juan de Taco siempre ejerció un embrujo especial en mí. La casona, alejada de carreteras y casas, es uno de los ejemplos más emblemáticos de la arquitectura tradicional canaria en el medio rural.

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La vieja mansión se mantiene firme, aunque las enredaderas salen por sus muros a buscar un caminante que se pare ante ella, aunque el silencio de su interior se asome, como un niño triste, a las celosías de piedra de sus ventanucos, aunque ya nadie cante una copla cuando pode las cepas de malvasía…

Su noble fachada, su frondosa finca, su antiguo ajetreo de trabajadores y señores ahora solo son quietud y tranquila soledad.

Lleva sobre sus cimientos sólidos el peso de los años, ya que se construyó en 1654 y hay quienes aseguran que es una de las tres casonas más antiguas de Canarias.

Paseo solo, ayudado de mi imaginación, por los patios, la bodega, rodeo las columnas de basalto y de madera, subo a la galería de ventanas de guillotina. Los magníficos techos de madera de tea labrados en curiosos artesonados me arrastran a imágenes oníricas.

Desciendo parsimonioso por la majestuosa escalera principal tallada en basalto y siento bajo mis pies el mundo de magnificencia y de poder…

Vago entre recuerdos, vestigios del pasado me asaltan. Los ecos de voces que aún vibran entre sus paredes nos rememoran una época de señores feudales y de vasallos, de tiranía y de trabajos.

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