Las salinas de La Caleta de Interián

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Foto: barji14b.esy.es
Hay oficios que parecen lejanos, que son de otra época, que nos muestran una forma de vivir natural, que ya no existe.
En un mundo que anuncia que la robótica es ya una forma de relacionarnos aún quedan vestigios de una vida que parece que se fue. Por suerte aún quedan realidades que no son virtuales.
Imagino un mundo en el que los cajeros estarán en manos de artificiales seres con voces creadas para el oficio. Nos atenderán en las tiendas de moda figuras de diseño perfecto. Recolectarán las cosechas máquinas de aspecto humano, que, quizá, hasta aprenderán parar para el refrigero de media mañana. Siento la poca complicidad que podría tener con un robot camarero al ver su reacción programada por psicólogos cuando le diga, después de probar la comida, que a la paella le falta un poco de sal.
Hablando sal. Vienen a las retinas imágenes que configuran el entorno. Espectros que laboran aún con las manos, con el esfuerzo, con el sudor y la ilusión de recoger la cosecha.
Las mujeres levantaban los brazos y caía la sal bajo el sol cegador. Los trapos negros que tapaban sus cuerpos eran como banderas de otros tiempos que venían hablarnos del sudor, del trabajo y de las penas.
Sal de la vida.
La lava negra acuna las agua que el sol convierte en escamas brillantes como pequeños diamantes salidos del mar.
Entre las aguas, la mar bravía, las costas hermosamente agrestes, salvajes están las salinas brillantes. En ellas rebotan las palabras de mujeres y de algunos hombres que ayudan llevar el agua. El tintineo de las cucharas raspando la piedra, el borboteo de los charcos… Y las risas, tan humanas, tan imprevisibles, tan hermosas.
El sabor de la vida.

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