La Quinta Roja

El vino de sus lagares nos embriaga de olores cuando paseamos por los patios.

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No es difícil ver pasearse al primer marqués de la Quinta Roja, Cristóbal de Ponte y Llarena, por los patios y jardines de su mansión, si se tiene un poco de imaginación. El poder evocador de los muros, balconadas y patios se apodera de quien traspasa el portón que abre el camino a un mundo del pasado.
Viajamos al siglo XVIII, en las afueras de la próspera localidad portuaria, en la zona de San Pedro de Daute, y entramos a esta espléndida finca que aún nos deslumbra con su hermosa arquitectura y su inigualable entorno.
En sus tierras crecían frondosos la viña, los cereales, la caña de azúcar; hoy jóvenes desempleados aprenden los secretos de la agricultura en sus estancias palaciegas.
El vino de sus lagares nos embriaga de olores cuando paseamos por los patios. Encerrado tras las puertas de tea de la bodega el rancio aroma de los caldos viejos sale a saludar al visitante solitario que deambula en el hermoso patio persiguiendo el eco de sus pasos en las baldosas de piedra.
Al fondo, dominando el patio en forma de U, la ermita de San Cristóbal, con techos de artesonados de tea y sobriedad ascética, nos invita a sentir, como un remanso espiritual, la placidez de la vida.
La casona de la finca, uno de los mejores ejemplos de arquitectura doméstica tradicional que existen en Tenerife, terminó de construirse en el año 1735. Así lo certifica una inscripción localizada en la parte superior de la puerta de entrada a la misma, que linda con el antiguo camino real. Las esbeltas palmeras la vigilan como soldados de una época antigua, los muros sobrios con apariencia de fortificación la guardan de la vista de transeúntes. Mas entre sus paredes se esconden historias de la isla, de masonería, de pactos económicos y comerciales, de amores, de luchas por la vida.
Sería hermoso verla otra vez en su apogeo, pasear por sus jardines, poderla visitar en medio de una fiesta…
Una joven aprendiz de agricultura, con uniforme de operaria del siglo XXI, me saca de mis pensamientos poéticamente quiméricos. Me cuenta: “cada vez que paso por los patios para ir a la huerta imagino a la marquesa, con traje y sombrilla de seda, cortando rosas en los jardines”. Y sus manos provistas de tijeras de podar son tan bellas como las de una marquesa del siglo XVIII.

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