El Lomo

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Quizá sonaba un charlestón de fondo o la lánguida voz de una cantante de jazz. El aire movía las ramas verdes de los árboles que formaban el bosquecillo y el parque. Las buganvilias pintaban de rojos, naranjas y morados los senderos que nos llevaban a la casa. Los bancos de piedra de los paseos guardaban los secretos de tantas conversaciones escuchadas. Después de pasar las cocheras y los cuartos de aperos aparecía la solemne casa, mas al revés, pues se llegaba a la parte trasera. Para descubrir la escalinata y la entrada principal había que rodear un lateral. La suntuosa escalera de entrada saluda al atlántico sonoro, como si esperara recibir los versos de otro artista de la época. Tomás Morales parece saludarnos desde lejos, al son de Las rosas de Hércules:

Y de pronto, rasgando la calma, sosegado,
un cantar marinero, monótono y cansado,
vierte en la noche el dejo de su melancolía…

Los suaves colores de la mansión, al estilo de una regia villa italiana, nos trasladaban a un ambiente de placidez y sobriedad inusuales en el lugar.

El lomo será siempre un sitio especial.

Pasó el tiempo. Inexorable. Despiadado.

El día que retorné era la Pavana de Fauré la que sonaba, aunque desvaída y lejana. Caminaba por los decadentes y moribundos paseos del bosque de eucaliptos, el olor embriagaba mezclado con los lejanos aromas del salitre. Los jardines han borrado el diseño del arquitecto que los construyó y crecen agrestes compitiendo con la yerba. Los bancos han olvidado las conversaciones. Las ventanas no se abren a la vida.

Subí despacio la escalinata sabiendo que nadie abriría la puerta. El palacete olvidado seguía impasible y majestuoso como el primer día. Brillaba el sol y hería las paredes y los techos. A lo lejos el mar azul. Detrás las montañas verdes como hercúleos guardianes.

Otro monumento que el tiempo no ha borrado, pero que necesita que las palabras lo vuelvan a convertir en vida.

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