La ermita del Calvario

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La fisonomía de los lugares cambia, a veces la moda nos convence de que la edificación se ha de adaptar a las nuevas formas de vivir. Otras veces el interés financiero se impone a los supuestos estéticos. Otras la idea de progreso nos deslumbra.

La pequeña plazoleta de El Calvario me vio aprender a trepar por los gruesos troncos de los árboles, jugar con las brillantes canicas intentando apuntar al gongo o derrapar con la desvencijada bicicleta… Aún me sigue transportando a un mundo de nostalgias.

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Ya no está el cine Bencomo en el que pude ver El último mohicano mientras chascaba los inmensos galletones Gabusa que vendían en la venta de al lado o simplemente, otras veces, oír desde los bancos de madera aquellas películas que la censura prohibía a los menores. Aún siento el temblor de terror recordando los desgarradores gritos de las víctimas de Drácula. Aquella era de las que solo pude escuchar. Cuando falta la imagen, la imaginación pone al sonido secuencias aún más horribles que las que imaginó el director…

Los recuerdos se quedan impregnados en los muros, en las puertas, en las baldosas… y siguen ahí aunque desaparezcan los edificios. Los lugares están dentro de nosotros. Vemos con los recuerdos.

Ni siquiera el viento, ese error de la naturaleza, logra borrarlos.

En soledad, frente a la plaza, contemplo cómo pasa el tiempo. Dialogo con las paredes, con los gruesos troncos de los pocos laureles de indias que resistieron la renovación de los jardines, con las baldosas y con los recuerdos…

Aún permanece la ermita, ajena a los vaivenes de las épocas. Humilde. Blanca y pequeña. Limpia y enramada con olorosas flores defiende su sencillez de lugar modesto. No tiene pretensiones ni aspiraciones a ser catalogada obra maestra.

Solo pertenece a los que la contemplamos con la mirada de los recuerdos.

Solo es hermosa a pesar de no ser antigua ni lujosa.

Es como los sabores de la infancia, como las historias que nos ayudaron a crecer, como los recuerdos…

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