La casa de los Marteles

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Una piedra de lava de formas inverosímiles tropezó con mi pie en la calle Nuestra Señora del Buen Viaje. Me detuve un momento. Sonreí comprobando en lo importante que puede ser una piedra en cualquier sendero para un caminante. Levanté la cabeza. Mi mirada se llenó de aire. Pensé en que somos un eterno viaje, recorremos incansables veredas del laberinto del tiempo. Sentí la brisa en la cara despejando mi frente.

Somos camino.

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Miré la piedra y comprobé que sus caprichosas formas esculpidas por el fuego y el tiempo la hacían parecer una extraña caracola negra. Me dejé arrastrar por las imágenes. Vagué, unos instantes, por mis pensamientos desordenados. Fijé la vista al frente. Un colchón de nubes confusas y grisáceas se interponía entre el cielo y la montaña.

Continué mi caminar. Volví a detenerme frente a la casa de los Marteles.

Ya en 1706 estaba allí. El volcán Trevejo no pudo arrasarla y desvió sus lavas ardientes quemando la vegetación en su violento viaje hacia el mar.

El tiempo ha ajado la cal de la fachada, la tea se ha resquebrajado con el sol, las tejas se han rodado resistiendo al viento juguetón. Mas su digna y sobria elegancia sigue atrayendo la mirada. Nada alrededor puede competir con ella.

El balcón central de tablazón ocultó de la mirada a bellas damas que bordaran mantelerías de flores y motivos orientales, o fue refugio de furtivas palabras de amadores. El alpende que cubre la puerta principal cuántas veces recibiera visitas que trajeran ilusión, desdichas o cuántas guardó el secreto de conversaciones rápidas y comprometidas.

Aún conserva su encanto que el caminar del tiempo no ha podido destruir. Las casas y el paisaje guardan las palabras, las emociones, los sucesos… Son parte de lo humano y no podemos dejar que nuestro paso por los caminos de los pueblos sean borrados por el desinterés y olvido.

Lo que el volcán no pudo borrar no ha de borrarlo la humana desidia.

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