El bufadero

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Foto: Aner Suárez

Estamos construidos con trozos de paisaje. Nuestras vidas se unen a territorios, callejuelas, casas, rincones… Todas las cosas suceden en algún lugar y allí se desatan las emociones. ¿Quién no ha soñado perderse en bosques embrujados? ¿Quién no ha querido navegar por los siete mares? Subir a la luna y tocar su cara de plata o viajar hasta el centro de la tierra.

Sueños imposibles o cosas de la literatura. A veces, me pregunto si no habrá en ellas, en las ficciones, más verdad que en la vida real.

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El bufadero siempre ha sido uno de esos lugares que han ejercido sobre mí un poder especial. De pequeño creía que por allí respiraba el mundo, o que, si lograba bajar por sus cavernas laberínticas, podría llegar al centro de la tierra.

En el siglo XVIII el insigne Viera y Clavijo llevó a los nobles de la Tertulia de Nava, en su visita a Los Silos, a visitar aquel prodigio de la naturaleza.

Ahora escribiría sobre su abandono un epitafio que, quizá, podría comenzar con este verso: “Al lugar por el que ruge el mar como fiera embravecida contra la torpeza humana, le han amordazado con despojos de la vida”.

Lo han tapado con piedras, lo han rodeado de basuras o lo han incluso olvidado… Mas él sigue respirando y rugiendo como una bestia dormida que sueña eternamente con el esplendor que lo rodeó un día.

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