El callejón de Venus

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Las calles de Garachico se hacen silenciosas cuando llega la luna. Todo se prepara para seducir al paseante taciturno.

Solo el sonsonete eterno del mar deshaciéndose en la roca acompaña los pasos que retumban asombrados. Las fachadas de las casas coloniales, los adoquines y las buganvillas se barnizan de luz de plata.

Entre las calles de grandes próceres, héroes legendarios o ilustres de la historia, en un recodo nos sorprende la callejuela de nombre inesperado. No tiene necesidad de un gran espacio para mostrar su belleza. Sinuoso, entre la penumbra y la luz surge el Callejón de Venus. Y parece que la diosa nos espera. Seductora. Eterna. Allí sería posible encontrar un gran amor. O los versos más hermosos saldrían a enredarse en los oídos. O las notas de una melodía nos haría sentir indestructibles.

La irreverente diosa parece huir hacia el puerto en busca de marineros sedientos de amor.

Y el paseante, parado sobre los adoquines húmedos de maresía, reflexiona sobre la belleza de los lugares. ¿Son quizá los menos celebrados, los apenas alabados y fotografiados los rincones más hermosos? Será que los secretos de la belleza están en el corazón de lugares puros, pequeños, sencillos. Al igual que el corazón de las estrellas encierran hermosos tesoros, hay aprender a mirar las piedras, los muros y las flores para descubrir la armonía que hace únicos y bellos los parajes…

Los pasos de la diosa que vuelve de la orilla del mar oliendo a algas sorprende las reflexiones del melancólico noctámbulo.

Venus vuelve a su callejón con los ojos brillantes, acechante.

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